Ahora mismo, mientras lees estas palabras, está ocurriendo algo que se siente como ser tú. La luz golpea tu retina, las marcas en la pantalla se resuelven en letras, las letras se convierten en significado, y en algún punto de esa cascada hay una cualidad sentida en todo ello: el azul particular del cielo si levantas la vista, la pequeña molestia de un ruido afuera, la voz interior que pronuncia las frases en tu cabeza. Nada de esto resulta misterioso desde fuera. Un neurocientífico podría, en principio, rastrear cada fotón y cada neurona que se dispara. Sin embargo, el hecho de que algo de ello se sienta como algo en absoluto es uno de los enigmas más profundos de toda la ciencia.
En 1995, un joven filósofo australiano llamado David Chalmers le dio a ese enigma un nombre que quedó grabado. Lo llamó el problema difícil de la consciencia, y al hacerlo dividió una única pregunta abrumadora en dos tipos muy distintos de problema. La división resultó tan esclarecedora que ha dado forma al debate desde entonces, enmarcando cómo neurocientíficos, filósofos y físicos discuten sobre el hecho más íntimo de nuestra existencia.
Los problemas fáciles y el difícil
El movimiento de Chalmers consistió en señalar que la mayor parte de lo que llamamos "explicar la mente" es, en un sentido específico, fácil. Por fácil no quería decir simple ni rápido. Quería decir tratable en principio. Preguntas como de qué modo el cerebro integra la información de los sentidos, cómo dirige la atención, cómo controla la conducta, cómo produce un habla comunicable sobre sus propios estados internos: estos son los problemas fáciles. Son fáciles porque ya sabemos a grandes rasgos qué aspecto tendría una respuesta. Identificas una función y luego encuentras el mecanismo neuronal o computacional que realiza esa función. El trabajo es enorme, pero la forma de la solución es clara.
El problema difícil es distinto en su naturaleza. Es la pregunta de por qué y cómo todo este procesamiento físico va acompañado de experiencia subjetiva en absoluto. ¿Por qué hay algo que se siente como ver el rojo, en lugar de que el cerebro simplemente procese la longitud de onda y actúe sobre ella en la oscuridad, sin ninguna luz interior encendida? Puedes imaginar, al menos sin contradicción evidente, una criatura que hace todo lo que hace una persona consciente, habla de colores, se estremece de dolor, escribe poesía sobre el amor, y sin embargo carece por completo de experiencia interior. Los filósofos llaman a tal ser hipotético un "zombi filosófico". El hecho de que siquiera podamos imaginar uno de forma coherente sugiere que explicar las funciones no explica automáticamente el sentir. Esa brecha, entre el mecanismo objetivo y la experiencia subjetiva, es el problema difícil.
Qualia: el núcleo obstinado
En el corazón del problema difícil se asienta una palabra engañosamente pequeña: qualia, el término técnico para las sensaciones cualitativas en bruto de la experiencia. La rojez del rojo. El escozor de un corte con papel. El sabor del café. La melancolía de un acorde menor. Estas son las cosas que parecen resistirse a cualquier descripción puramente física.
El filósofo Frank Jackson dramatizó esto con un famoso experimento mental. Imagina a Mary, una científica brillante que ha vivido toda su vida en una habitación en blanco y negro. Nunca ha visto el color, pero a través de libros y pantallas ha aprendido todos los hechos físicos que existen sobre la visión del color: cada longitud de onda, cada neurona, cada reacción química en el ojo y el cerebro. Entonces, un día sale al exterior y ve una rosa roja por primera vez. ¿Aprende algo nuevo? La intuición fuerte para muchas personas es que sí lo hace, que ahora sabe cómo se ve el rojo de un modo que ningún libro de texto podría haberle dado. Si esa intuición es correcta, sugiere que hay hechos sobre la experiencia que no quedan capturados por la descripción física completa, que es exactamente lo que hace que el problema difícil sea tan difícil. Los críticos responden que Mary adquiere una nueva habilidad o una nueva manera de representar hechos antiguos, más que un hecho genuinamente nuevo, y ese debate sigue muy vivo.
Teorías que intentan explicarlo
La ciencia no se ha rendido ante el misterio. Varios marcos serios intentan tender un puente sobre la brecha, y discrepan entre sí de maneras profundas.
La Teoría del Espacio de Trabajo Global, desarrollada por Bernard Baars y elaborada por el neurocientífico Stanislas Dehaene, trata la consciencia como una especie de difusión. El cerebro procesa enormes cantidades de información de forma inconsciente, pero solo una pequeña porción se "enciende" hacia un espacio de trabajo global donde queda disponible para muchos sistemas a la vez: memoria, lenguaje, toma de decisiones. Según esta visión, una pieza de información se vuelve consciente cuando se comparte ampliamente por todo el cerebro. La teoría tiene un apoyo empírico real, ya que predice patrones de actividad cerebral que distinguen los estímulos comunicados de los no comunicados, pero sus críticos señalan que explica mejor por qué cierta información se vuelve disponible, un problema fácil, en lugar de por qué la disponibilidad viene acompañada de experiencia sentida.
La Teoría de la Información Integrada, propuesta por el neurocientífico Giulio Tononi, toma una vía más audaz. Sostiene que la consciencia simplemente es información integrada, medida por una cantidad que Tononi denomina phi. Cualquier sistema cuyas partes estén ricamente interconectadas de la manera adecuada, de modo que el todo contenga más información que la suma de sus partes, tiene algún grado de experiencia. Esto conduce a implicaciones llamativas y controvertidas, incluida una forma leve de panpsiquismo en la que incluso sistemas muy simples podrían poseer un destello de consciencia. En 2023, un gran grupo de estudiosos criticó públicamente la teoría por ser incomprobable en su forma fuerte, una disputa que muestra cuán inestable sigue siendo el campo.
Las Teorías de Orden Superior sugieren que un estado mental se vuelve consciente solo cuando el cerebro forma una representación de ese estado, un pensamiento sobre un pensamiento. Ver no basta; debes, en cierto sentido, registrar que estás viendo. Las explicaciones del procesamiento predictivo, defendidas en distintas formas por investigadores como Karl Friston y Anil Seth, reinterpretan el cerebro como una máquina de predicción que genera de manera constante la mejor conjetura sobre el mundo y el cuerpo, donde la percepción es una especie de "alucinación controlada" refrenada por los datos sensoriales. Cada uno de estos marcos ilumina una parte del cuadro. Ninguno ha producido una respuesta consensuada de por qué las luces están encendidas por dentro.
Por qué la brecha es tan obstinada
¿Qué hace que la consciencia sea singularmente resistente en comparación con otros misterios científicos? Parte de la respuesta es que cualquier otro fenómeno que la ciencia ha descifrado podía reducirse a estructura y función. La vida pareció en su momento requerir una misteriosa fuerza vital, pero la biología disolvió ese misterio al mostrar cómo las moléculas llevan a cabo el trabajo de vivir, sin que quede nada por explicar. El calor resultó ser movimiento molecular. El rayo resultó ser descarga eléctrica. En cada caso, una vez que explicabas qué hace la cosa y cómo está construida, el misterio se evaporaba.
La consciencia parece dejar un residuo. Incluso después de haber explicado cada función, la pregunta "pero ¿por qué se experimenta?" sigue pareciendo abierta. Esto es lo que Chalmers llama la brecha explicativa, una expresión introducida antes por el filósofo Joseph Levine. También hay un problema de privacidad: la experiencia es accesible solo desde dentro. Puedo escanear tu cerebro con detalle exquisito, pero no puedo meterme dentro de tu punto de vista para comprobar si mi rojo se ve como tu rojo, o si eres consciente en absoluto en lugar de un autómata extremadamente convincente. La ciencia se construye sobre la observación pública, en tercera persona, y la consciencia es irreductiblemente en primera persona. Ese desajuste no es una limitación temporal de nuestros instrumentos; puede estar incorporado en la naturaleza misma de la cosa.
El abanico de respuestas posibles
Ante esta brecha, los pensadores han defendido posiciones notablemente distintas, y ayuda ver toda la gama.
Los ilusionistas, incluido el filósofo Daniel Dennett, sostienen que el problema difícil es una especie de espejismo cognitivo. Según esta visión, los qualia como algo extra, por encima y más allá de la función cerebral, no existen realmente; nuestra propia introspección nos induce sistemáticamente al error de pensar que hay un brillo interior especial que necesita explicación. Resuelve todos los problemas fáciles, dicen, y habrás resuelto todo lo que es real.
Los misterianos, asociados al filósofo Colin McGinn, adoptan la postura opuesta. Aceptan que el problema es real, pero argumentan que nuestras mentes simplemente no están equipadas para resolverlo, igual que un perro no puede captar la aritmética. La respuesta puede existir y, aun así, quedar permanentemente más allá de la cognición humana.
Los panpsiquistas sugieren que la consciencia, o algún precursor primitivo de ella, es una característica fundamental de la realidad, presente en alguna forma mínima en todas partes, igual que la masa y la carga. Según esta visión, el enigma no es cómo los cerebros conjuran experiencia a partir de materia muerta, sino cómo las experiencias simples se combinan en la rica consciencia de un cerebro, una dificultad conocida como el problema de la combinación. Y los optimistas simplemente sostienen que el problema difícil es difícil pero no imposible, una frontera científica normal que mejores teorías y herramientas terminarán por hacer retroceder, del modo en que misterios antes "imposibles" cedieron. Vale la pena ser honestos al admitir que aún no sabemos cuál de estos bandos, si alguno, tiene razón.
Por qué importa más allá de la filosofía
Esto no es un ocioso juego de salón. La forma en que respondemos al problema difícil toca la medicina, la ética y la tecnología de maneras concretas. Los médicos que tratan a pacientes con lesiones cerebrales graves deben juzgar si alguien en estado vegetativo conserva alguna experiencia interior, y experimentos ingeniosos que usan imágenes cerebrales han demostrado que algunos pacientes aparentemente sin respuesta todavía pueden seguir instrucciones en su mente, un hallazgo con un enorme peso moral. Las preguntas sobre la consciencia animal moldean cómo tratamos a otras especies; en años recientes los científicos han reconocido cada vez más que una amplia variedad de animales, incluidos algunos invertebrados, probablemente tienen vidas interiores ricas que merecen tomarse en serio. Y a medida que los sistemas artificiales se vuelven más sofisticados, la pregunta de si una máquina podría alguna vez sentir de verdad, en lugar de meramente simular el sentir, pasa de la ciencia ficción hacia el debate vivo. Sin una teoría de la consciencia, no tenemos manera fundamentada de trazar estas líneas.
Conclusiones clave
El problema difícil de la consciencia, nombrado por David Chalmers en 1995, no pregunta cómo procesa el cerebro la información, sino por qué ese procesamiento va acompañado de experiencia subjetiva en absoluto, y esa pregunta ha resistido hasta ahora la estrategia reductiva que descifró todos los demás misterios científicos. Los problemas "fáciles" de la atención, la percepción y la conducta parecen resolubles en principio, pero la cualidad sentida de la experiencia, los qualia en el centro de experimentos mentales como la habitación de Mary, parece escabullirse de cualquier red puramente funcional. Los principales marcos, desde la Teoría del Espacio de Trabajo Global hasta la Teoría de la Información Integrada y el procesamiento predictivo, capturan cada uno una pieza real del rompecabezas sin imponer un consenso, y los pensadores serios siguen divididos entre descartar el problema como una ilusión, declararlo para siempre fuera de nuestro alcance, tratar la consciencia como fundamental y apostar a que la ciencia ordinaria acabará por dar la respuesta. El resumen honesto es que aún no sabemos cómo la materia da origen a la mente, y esa humildad, más que cualquier respuesta zanjada, es el lugar más preciso desde donde situarse ante el único hecho que cada uno de nosotros conoce mejor desde dentro.
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