En el año 2000, los líderes del Proyecto Genoma Humano se situaron ante un podio en la Casa Blanca para anunciar que habían leído, por primera vez, casi la totalidad del código genético humano. En medio de la celebración, un hallazgo se repetía una y otra vez, casi como un estribillo: cuando alineas el ADN de dos seres humanos cualesquiera de la Tierra, son aproximadamente un 99,9 por ciento idénticos. Dos desconocidos de lados opuestos del planeta, con distintos tonos de piel y distintas lenguas maternas, comparten casi todas las letras de su texto genético. Las diferencias que se sienten tan enormes en la vida cotidiana, las que usamos para clasificar a las personas en "razas", resultan ocupar un rincón insignificantemente pequeño del plano humano.
Y, aun así, si te preguntan si la raza existe, la respuesta honesta no es un simple sí o no. Como categoría biológica que divide a la humanidad en un puñado de grupos distintos y separados, la raza no se sostiene. Pero como hecho social, entretejido en las leyes, los barrios, las decisiones de contratación y la manera en que las personas se ven unas a otras, la raza es abrumadoramente real, y sus consecuencias se miden en dinero, salud, libertad y vidas. Comprender ambas mitades de esa frase es una de las cosas más importantes que la sociología tiene que enseñar.
Lo que la gente suele entender por raza
Cuando la mayoría de las personas dice "raza", está describiendo algo que parece obvio y físico: el color de la piel, la textura del cabello, la forma de una nariz o de los ojos. La intuición es que estos rasgos visibles son las señales superficiales de divisiones profundas y naturales, como si la humanidad viniera preclasificada en un número reducido de tipos. Durante siglos, esta intuición fue tratada como ciencia establecida. Los naturalistas de los siglos XVIII y XIX elaboraron taxonomías minuciosas de "tipos" humanos, los ordenaron en jerarquías y presentaron esas clasificaciones como hechos objetivos.
El movimiento clave de esta visión más antigua es la suposición de que la raza es primordial, es decir, que existe ahí afuera en la naturaleza, esperando a ser descubierta, y que la sociedad simplemente reconoce lo que ya está presente. Los sociólogos llaman a la visión opuesta construcción social: la idea de que la raza es algo que las sociedades humanas construyen, mantienen y refuerzan, usando cuerpos reales como materia prima pero aportando ellas mismas el significado. Decir que la raza es socialmente construida no significa que sea imaginaria ni que el color de la piel sea una ilusión. Significa que la agrupación y la importancia que atribuimos a esos rasgos provienen de la historia humana, no de la biología.
La biología no coopera
He aquí el problema con el que tropezó la visión más antigua: cuando los genetistas fueron de verdad en busca de las líneas divisorias nítidas que se suponía que las "razas" marcaban, esas líneas no estaban allí. La variación genética humana es real, pero está distribuida de una manera que desbarata cualquier frontera racial pulcra.
Primer hecho: la mayor parte de la diversidad genética humana existe dentro de cualquier supuesto grupo racial, no entre ellos. Los estudios de variación encuentran de manera constante que la gran mayoría de las diferencias que se podrían medir entre dos personas cualesquiera están presentes incluso entre personas de la misma ascendencia continental. Dos personas que marcan la misma casilla en un formulario censal pueden ser más diferentes genéticamente entre sí de lo que cualquiera de ellas lo es respecto a alguien del otro lado del mundo.
Segundo hecho: los rasgos humanos varían de forma gradual a lo largo de la geografía, no en bloques. El tono de piel, por ejemplo, cambia suavemente con la latitud y con la exposición ancestral a la luz solar, porque la pigmentación más oscura protege contra la radiación ultravioleta, mientras que la piel más clara ayuda a producir vitamina D en regiones con poca luz. No hay punto alguno en el mapa donde una "raza" termine y otra comience; solo hay gradientes, lo que los científicos llaman clinas. La misma variante genética de un rasgo puede aparecer en poblaciones que las categorías raciales tratan como completamente separadas.
Tercer hecho: las categorías mismas no encajan con la biología. La variación genética que se encuentra solo en el continente africano es mayor que la del resto del mundo combinado, porque la humanidad se originó allí y ha tenido el mayor tiempo para acumular diversidad. Agrupar ese inmenso abanico en una sola "raza" mientras se divide finamente a otras regiones es una elección cultural, no biológica. Por eso, importantes organismos científicos, entre ellos la Asociación Estadounidense de Antropólogos Biológicos, han afirmado con claridad que la raza no es una forma válida de describir la variación biológica humana.
Una categoría que no para de cambiar de idea
Si la raza estuviera verdaderamente fijada en la naturaleza, sus definiciones serían estables a lo largo del tiempo y del espacio. No lo son en absoluto. Los límites de quién cuenta como qué raza se han redibujado repetidamente, y ese redibujo sigue a la política, no a los cromosomas.
Considera el censo de Estados Unidos. Las categorías raciales que ofrece han ido cambiando década tras década. Grupos que hoy se consideran inequívocamente "blancos", incluidos los inmigrantes irlandeses e italianos de finales del siglo XIX y comienzos del XX, fueron a menudo tratados como razas separadas e inferiores cuando llegaron por primera vez, y luego fueron incorporados poco a poco a la blancura a lo largo de generaciones. Nada en sus cuerpos cambió. Lo que cambió fue la categoría.
Considera la geografía. Una persona clasificada de una manera en Estados Unidos podría ser clasificada de otra forma en Brasil, donde las categorías raciales históricamente seguían un espectro más amplio de tono de piel y posición social, o en la Sudáfrica del apartheid, donde la ley clasificaba a las personas en grupos rígidos e incluso podía reasignar a individuos de uno a otro. El hecho de que un mismo ser humano pueda cambiar de raza al cruzar una frontera, o al vivir en un siglo distinto, es una de las señales más claras de que estamos ante un sistema social, no ante una ley de la naturaleza.
Por qué "solo es una construcción social" no entiende el punto
Sería un grave error oír "la raza es una construcción social" y concluir que, por tanto, no importa. El dinero también es una construcción social, en el sentido de que un billete no es más que papel al que colectivamente acordamos atribuir valor. Nadie diría que el dinero no es real. Las construcciones sociales son algunas de las fuerzas más poderosas que dan forma a la vida humana precisamente porque muchísimas personas actúan en función de ellas al mismo tiempo.
La raza se volvió real en el mundo a través de maquinaria real. Quedó integrada en la brutal institución de la esclavitud de bienes muebles, cuya justificación dependía de declarar que algunos seres humanos eran una clase separada e inferior. Se inscribió en las leyes de los imperios coloniales y en los sistemas de segregación que dictaban dónde podían vivir, trabajar, aprender y viajar las personas. No son abstracciones lejanas; sus efectos se acumulan a lo largo de generaciones mediante la riqueza heredada, los patrones de vivienda y el acceso a la educación. Cuando una categoría se usa durante siglos para decidir quién recibe tierra y quién es esclavizado, quién es vigilado y quién es protegido, esa categoría deja huellas profundas en la sociedad mucho después de que las leyes originales sean derogadas.
Las consecuencias muy reales
La prueba más clara de que la raza es socialmente real es la manera en que predice resultados que no tienen nada que ver con la biología. En muchos países, los investigadores documentan de forma constante brechas que siguen las líneas raciales: diferencias en la riqueza mediana de los hogares, en la propiedad de vivienda, en la financiación de las escuelas, en las tasas de encarcelamiento y en la salud.
La salud ofrece un ejemplo aleccionador. En Estados Unidos, las madres negras experimentan tasas considerablemente más altas de complicaciones y muertes relacionadas con el embarazo que las madres blancas, una brecha que persiste incluso cuando se tienen en cuenta los ingresos y la educación. Los investigadores atribuyen cada vez más buena parte de esto no a alguna diferencia genética, sino al estrés acumulado de la discriminación y al trato desigual dentro del propio sistema médico. El cuerpo lleva la cuenta de una experiencia social.
Esto apunta a una idea sutil pero crucial que los sociólogos subrayan: la raza no es una causa, el racismo sí lo es. Cuando ves que una brecha de salud o de riqueza coincide con categorías raciales, la explicación casi nunca es algo inherente a los grupos. Es la larga historia de cómo han sido tratados esos grupos. La raza es la etiqueta; el racismo, tanto el abierto como el que está discretamente incrustado en las instituciones, es el motor.
Sostener ambas verdades a la vez
La postura madura, la que respaldan tanto la genética como la sociología, nos pide sostener en la mente dos ideas que al principio parecen contradictorias. La raza no es una división biológica significativa de la especie humana. Y la raza sí es una poderosa realidad social que estructura la oportunidad, la identidad y la experiencia. Ninguna de las dos afirmaciones anula a la otra; juntas describen la situación real.
Por eso los científicos y los médicos son cada vez más cuidadosos al usar la raza como sustituto de la biología. La ascendencia específica de un paciente, su historia familiar o incluso una sola variante genética relevante pueden contener información médica genuina, pero la amplia casilla racial de un formulario a menudo no la contiene, y tratarla como si lo hiciera puede conducir a una peor atención. Al mismo tiempo, ignorar la raza por completo nos cegaría ante una discriminación que es innegablemente real. Fingir que no se ve un problema rara vez lo resuelve.
También hay una conclusión silenciosamente esperanzadora enterrada en todo esto. Si la raza fuera un hecho permanente de la naturaleza, escrito en nuestras células, entonces la jerarquía racial podría parecer inevitable. Pero como la raza es algo que las personas construyeron, también es algo que las personas pueden examinar, cuestionar y rehacer. Las construcciones hechas por decisiones humanas pueden rehacerse mediante decisiones humanas. Eso no hace que el trabajo sea fácil, dado lo profundamente arraigados que están los viejos arreglos, pero sí lo hace posible.
Conclusiones clave
La raza parece un hecho de la naturaleza, pero la ciencia cuenta una historia diferente: los seres humanos somos genéticamente idénticos en cerca de un 99,9 por ciento, la mayor parte de la variación reside dentro de los grupos en lugar de entre ellos, y los rasgos humanos varían en gradientes suaves que ninguna frontera racial puede capturar. Las categorías mismas han cambiado a lo largo de la historia y la geografía, lo que demuestra que siguen a la política y no a la biología. Sin embargo, llamar a la raza una construcción social no es lo mismo que llamarla irrelevante. Incrustada en la esclavitud, en la ley colonial y en la segregación, la raza se convirtió en una de las fuerzas organizadoras de mayores consecuencias en la sociedad humana, y sus ecos siguen moldeando hoy la riqueza, la salud y la libertad. La respuesta honesta a "¿existe la raza?" es, por tanto, estratificada: no como biología, profundamente como sociedad. Sostener ambas verdades a la vez es el comienzo de pensar con claridad, y con humanidad, sobre una de las ideas más poderosas que los seres humanos hayan inventado jamás.
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